completamente secundario de la naturaleza»: es como si dijéramos una descendencia de segunda clase. Regocijemonos de que la descendencia, después que el Sr. Dühring le ha atribuído tantos desaciertos y oscuridad, sea al fin admitida, sin embargo, a entrar por la puerta trasera. Lo mismo acontece con la selección natural, después de tanta indignación moral contra la lucha por la existencia, que sin embargo es el medio según el cual se cumple la selección natural, se lee de repente: «La razón profunda de la naturaleza de los seres estriba en las con diciones vitales y cósmicas; la selección natural exaltada por Darwin no puede venir sino en segunda línea.» Hay, pues, una selección natural, aunque sea una selección de segunda clase y, por consecuencia, con la selección natural, lucha por la existencia y plétora de población según la fórmula «clerical» de Malthus. Y esto es todo, pues para lo demás el Sr. Dühring nos remite a Lamarck.
Para terminar, nos advierte no empleemos mal las palabras metamorfosis y evolución: la idea de metamorfosis es una idea oscura y no hay que admitir la idea de evolución sino en la medida en que verdaderamente puede probarse la existencia de las leyes de la evolución. A una y a otra, hay que sustituir el término composición y entonces todo marcha bien. En suma, siempre tenemos la misma historia: las cosas quedan como estaban y el señor Dühring se contenta con un cambio de palabras. Hablar de la evolución del pollo en el huevo, es una confusión, porque no conocemos sino incompletamente las leyes de la evolución; pero si hablamos de «composición», todo se aclara. Nunca más diremos, pues; «el niño se desarrolla de una manera magnífica», sino «el niño se compone excelentemente.» Podemos felicitar al Sr. Dühring de que, no contento con igualar al autor de los Nibelungos del Rhin, en la notable adoración de sí mismo, no se queda atrás en tanto que compositor del porvenir.