veces intenta revestirse de la apariencia de alguna solidez para la conciencia sistemática que adopta de su inanidad. En materia moral la negación de los principios universales se acoge a la diversidad geográfica e histórica de las costumbres y de los principios, y a poco se conceda la existencia necesaria inevitable del mal moral, cree haber dado fin a la realidad de los instintos morales unánimes, con su valor y eficacia. Este escepticismo disolvente, que se ejerce no contra tal o cual falsa teoría, sino contra la facultad misma que tiene el hombre de alcanzar una moralidad conciente, llega, en fin de cuentas, a una verdadera nada, aun hasta a algo que es peor que el puro nihilismo... y se envanece de dominar sin esfuerzo en medio del caos confuso de ideas morales disueltas y de poder abrir las grandes puertas al capricho sin ley. Mas su error es inmenso, pues basta señalar cuanto acontece necesariamente al entendimiento cuando se trata de verdad y error, para comprender por esta sola analogía, que la falibilidad natural en nada excluye la posibilidad del éxito[1].
Hasta aquí hemos aceptado tranquilamente todas las pomposas declaraciones del Sr. Dühring respecto a las verdades definitivas y sin apelación, la soberanía del pensamiento, la absoluta certeza del conocimiento; pero hemos llegado a un punto en que debe tratarse la cuestión. Hasta aquí bastaba investigar en qué medida tal cual proposición de la filosofía de la realidad tiene un «valor absoluto» y posee una «verdad incondicionada»; hoy se trata de saber de una manera general si hay productos del conocimiento humano que puedan pretender ser un valor absoluto y una verdad incondicionada. Cuando yo digo: del conocimiento humano no tengo ciertamente ninguna intención ofensiva para los habitantes de otros
- ↑ Cursus, pág. 195.