bemos todos que no hay cuestión, y toda nuestra experiencia pasada prueba sin excepción que estos conocimientos son mucho más ricos en elementos perfectibles que en elementos imperfectibles y perfectamente exactos.
En otros términos: la soberanía del pensamiento se realiza en una cadena de seres humanos cuyo pensamiento es grandemente poco soberano, y el conocimiento, con pretensiones de verdad incondicionada, se resuelve en una serie de errores relativos; ni uno ni otro, pues, puede plenamente ser realizado, si no por la humanidad, en el curso de una vida de duración infinita.
Y henos de nuevo ante una contradicción semejante a la que ya señalamos entre el carácter del pensamiento, que nos representamos como absoluto, y la realidad de este pensamiento en una multitud de seres humanos individuales de pensamiento limitado; es una contradicción que sólo puede resolverse en el progreso infinito, en la serie, al menos prácticamente infinita, de las generaciones humanas sucesivas. En este sentido, el pensamiento humano posee la soberanía y no la posee, y su capacidad de conocer es tan ilimitada como limitada. Soberana ilimitada, por su naturaleza, en potencia y en cuanto a su objetivo final en la historia, es sin soberanía y limitada en cada una de sus determinaciones y en uno cualquiera de sus estados.
Lo propio acontece con las verdades eternas. Si siempre acaeciese a la humanidad el no tener que habérselas sino con verdades eternas, resultados del pensamiento, soberanos en cuanto a su valor e incondicionados en cuanto a su verdad, entonces se daría en aquel punto en que la infinidad intelectual del mundo se habría agotado, en potencia como en acto, y en que se habría cumplido, por ende, el milagro tan cacareado de lo innumerable numerado.
sin embargo, hay verdades tan bien fundadas, que