cede con todos los profetas, en vez de un estudio y un juicio científico y crítico, tenemos, sin más ambages, anatemas morales. Habríamos podido citar también, anteriormente, las ciencias que estudian las leyes del pensamiento humano, la lógica y la dialéctica. Las verdades eternas no les va mejor en ellas. La dialéctica propiamente dicha no es para el Sr. Dühring sino un contrasentido, y las numerosas obras que se han escrito y todavía se escriben sobre la lógica, prueban suficientemente que las verdades definitivas y sin apelación són también más raras de lo que se cree.
Por lo demás, no hay absolutamente por qué sorprendernos de que el grado de conocimiento en que nos hallamos sea tan poco definitivo como los que le precedieron. Estamos ya en posesión de un enorme material de ideas y de hechos, que exige una muy grande especialización de estudios para que cualquiera quiera estar como en su casa en cualquier rincón de la ciencia. Y quien aplica la medida de una verdad inmutable, definitiva y sin apelación a conocimientos que, por la naturaleza de su objeto, o bien continúan siendo relativos para una larga serie de generaciones y no se completan sino a trozos, o bien, como en cosmogonía, en geología, en historia, vista la insuficiencia de materiales, quedan siempre incompletos y llenos de lunares—prueba solamente su propia ignorancia y su ininteligencia, aunque en el verdadero fondo de sus declaraciones no hubiese, como en éste, la pretensión de una infalibilidad personal. La verdad y el error, como todas las determinaciones del pensamiento que son opuestas radicalmente, no tienen valor absoluto, sino en muy estrechos límites, como hemos visto, y como el Sr. Dühring sabría también, si tuviese algún tinte de los primeros elementos de la dialéctica, los cuales precisamente muestran como todas las antítesis absolutas son inadecuadas. Cuando transportamos,