consiste en que una es una persona humana, mientras que la otra lleva en sí algo de bestia. Mas, por el solo hecho de que el hombre desciende del reino animal, resulta que el hombre no se limpia jamás completamente de la bestia, de suerte que no se trata nunca sino de un más o menos de diferencia en la relación de la bestialidad a la humanidad.
La división de los hombres en dos grupos rigurosamente delimitados, en hombres humanos y hombres bestias, en buenos y malos, en corderos y en machos cabríos, no se encuentra fuera de la filosofía de la realidad, sino en el cristianismo que muy lógicamente tiene también su Juez Supremo, que hace la separación de unos y otros. Pero ¿quién, en la filosofía de la realidad, estará encargado de pronunciar el Juicio final? En esto sucederá como sucede en la práctica del cristianismo, en que los piadosos corderos se encargan ellos mismos, ya se sabe con qué fortuna, de ejercer el oficio de Jueces Supremos contra sus prójimos los machos profanos. La secta de los filósofos de la realidad, si algún día existiese, no se quedaría atrás en este punto de los dulces y pacíficos»; en lo demás, esto puede tenernos sin cuidado; pero lo que nos interesa es que se declare que, a consecuencia de la desigualdad moral existente entre los hombres, la igualdad se reduce de nuevo a nada: segundo paso atrás.
Sucesivamente: «Si uno de los dos obra según la verdad y la ciencia y otro según algunas supersticiones y prejuicios, ordinariamente se producirán perturbaciones en sus relaciones recíprocas; y en todo caso, a un cierto grado de incapacidad, de brutalidad o de perversidad de carácter, será inevitable el conflicto. No es sólo con los niños y los insensatos con quienes en último recurso hay que apelar a la fuerza; la naturaleza de grupos y de clases sociales enteras puede exigir ineludiblemente la sumisión de esa voluntad perversa y aun hostil, es decir,