cual los períodos de la historia venidera, que no implicarán ya esas dificultades y obstáculos, nos prometen muy otros éxitos científicos, técnicos y sociales; que este término en todo caso, es un momento bien extrañamente elegido para ordenar a esos millares de siglos que vendrán, para imponerles verdades definitivas y sin apelación, verdades inmutables y concepciones decisivas, descubrimientos sacados del seno de ese siglo Infante, pueril y aún no maduro, de ese siglo «reaccionario» y «regresivo» como el nuestro. Preciso es ser el Ricardo Wagner de la filosofía—sin el talento de Wagner—para dejar de ver que todo el desprecio de que se cubre toda la evolución histórica pasada, se liga también a su pretendido resultado supremo—a la pretendida filosofía de la realidad.
Uno de los pasajes más significativos de la nueva ciencia es la parte que consagra a la «individualización» y al «perfeccionamiento de la vida»; allí brotan y corren, como de inagotable fuente, a lo largo de tres grandes capítulos los lugares comunes en estilo de oráculo. Desgraciadamente nos hemos de limitar a algunos cortos ejemplos:
«La esencia profunda de toda sensación, y por tanto de todas las formas de la vida subjetiva, consiste en la diferencia de estado... Por lo que hace a la vida, en toda su plenitud, puede mostrarse en seguida que, no es la permanencia de una situación, sino el paso de una situación a otra, lo que acrece el sentimiento de la vida y la intensidad del estímulo vital... El estado que permanece casi idéntico a sí mismo, por decirlo así en una permanencia inerte y como en estado de equilibrio, cualquiera que sea, no podría servir mucho para probar el valor de la vida... El hábito y por decirlo así, el hecho de haber mezclado a este estado la sustancia de nuestra vida, ha hecho algo indiferente e insignificante que no se distingue grandemente de la muerte. A lo sumo, podría hallarse en él, el supli-