que se encuentran, que «en el paso de uno a otro». Y no es eso todo. «Nuestra ley de diferencia se aplica aun en el caso de que la repetición de lo ya experimentado o cumplido carece de atractivo.» ¡Imagine el lector las vulgaridades, en estilo de oráculo, que pueden suscitar proposiciones de tal profundidad y penetración! Ciertamente, el Sr. Dühring, puede exclamar con aire de triunfo, al fin de su libro: Para la apreciación y aumento del precio de la vida, la ley de diferencia fue un principio dominante de la práctica y de la teoría. ¡Para el aprecio que hace el Sr. Dühring del valor intelectual de su público, ciertamente! Debe creer que tal público se compone exclusivamente de burros o de filisteos.
Más lejos, recibimos los preceptos de vida fundamentalmente prácticos como los siguientes: Los medios de despertar el interés total de la vida («hermoso trabajo para los filisteos y cuantos quieren llegar a serlo!») consisten en desarrollar y suceder en los intervalos requeridos por la naturaleza los gustos particulares y por decirlo así elementales de que se compone el interés total. Al mismo tiempo, se utilizará la escala según la cual los apetitos inferiores y fácilmente satisfechos pueden reemplazarse por gustos superiores y tendencias de una actividad más durable: de este modo se evitará se produzcan deficiencias enteramente desprovistas de motivos de adhesión.
Además, se tratará de evitar que las excitaciones que nacen naturalmente en el curso normal de la vida social se multipliquen o exageren artificialmente, o lo que es el defecto contrario, sean satisfechas desde que comienzan apenas a manifestarse y, por ende, impedidas de llegar a la necesidad verdaderamente susceptible de goce. En este caso como en cualquier otro, observar el ritmo natural es la condición previa de todo movimiento armónico y agradable. Tampoco hay que querer lo imposible; querer llevar las satisfacciones de una situación cualquie-