tivamente, una contradicción que además es una fuerza efectiva. Si ya el simple cambio mecánico de lugar implica en sí una contradicción, esto es aun más cierto de las formas superiores del movimiento de la materia y, muy particularmente, de la vida orgánica y de su evolución. Anteriormente hemos visto que la vida consiste ante todo en que un ser, en cada instante, es el mismo y no obstante es otro. La vida, pues, es igualmente una contradicción «existente en las cosas y en los fenómenos mismos», una contradicción que constantemente se pone, y se resuelve, y cuando cesa la contradicción, la vida cesa también, y es la muerte. De igual manera, hemos visto cómo, en el orden del pensamiento, no podemos escapar tampoco a las contradicciones y cómo, por ejemplo, la contradicción entre la facultad interiormente limitada de conocer del hombre y, de otra parte, la existencia real del conocimiento de una manera limitada, se resuelve en la serie de generaciones (serie que, para nosotros al menos, es prácticamente sin fin) se resuelve, digo, en el progreso infinito.
Ya notamos que las matemáticas superiores cuenta entre sus bases fundamentales la contradicción según la cual recto y curvo deben ser idénticos en ciertas circunstancias. También realizan esta otra contradicción: dos líneas que se cortan a nuestra vista, ya a cinco o seis centímetros de su intersección, pasan por paralelas, por líneas tales que aun cuando se prolongaran hasta el infinito no podrían cortarse. Y sin embargo la matemáticas superiores obtienen, con tales contradicciones y aun otras mayores, resultados no sólo exactos, sino enteramente inaccesibles a las matemáticas inferiores.
Pero aun esas mismas están plagadas de contradicciones. Por ejemplo: es una contradicción que una raiz de a tenga que ser una potencia de a, y sin embargo . Es una contradicción que una magnitud negativa sea el