mente diferentes, formados por la simple adición cuantitativa de los elementos y siempre en la misma relación. Este hecho muéstrase lo más claramente allí donde los elementos de la combinación cambian su cantidad en la misma relación, es decir, en las parafinas normales CnH2n+2; el menos elevado es el metano CH4, un gas; el más elevado que se conoce el hecdecan C16H34, es un cuerpo sólido que forma cristales incoloros, que funde a 21° y no hierve sino a 278°. En las dos series todo nuevo miembro nace de la adición de CH2 (un átomo de carbono y dos de hidrógeno) a la fórmula molecular del miembro precedente y, ese cambio cuantitativo de la fórmula molecular, pone cada vez en función un cuerpo cualitativamente diferente.
Mas tales series no son sino un ejemplo particular palpable. Casi en todos los casos, en química, ya con los diversos óxidos de nitrógeno, con los diversos oxácidos del fósforo o del azufre puede verse cómo «la cantidad se convierte en cualidad» y cómo esa pretendida «idea nebulosa y confusa de Hegel» se encuentra como encarnada en las cosas y fenómenos, donde no hay nada confuso y nublado sino el Sr. Dühring. Y si Marx ha sido el primero en llamar la atención acerca de este punto, y si el Sr. Dühring ha leído esa indicación sin comprenderla (pues sin eso no habría dejado pasar esa fechoría inaudita) basta eso sólo para dejar sentado (aun sin mirar atrás en la gloriosa filosofía de la naturaleza del Sr. Dühring) si es a Marx o al Sr. Dühring, a quien faltan «los elementos de educación eminentemente modernos del pensamiento científico» y el conocimiento «de las leyes fundamentales establecidas en la química».
Para terminar, invocaremos aún un testigo en favor de la conversión de la cantidad en cualidad, y ese testigo será Napoleón, el cual describe como sigue el combate de la caballería francesa—mal montada, pero disciplina-