se convenza uno de la necesidad de la comunidad de la tierra y del capital (comunidad que es una contradicción encarnada del Sr. Dühring).
Es no tener la menor inteligencia de la naturaleza de la dialéctica, el considerarla como lo hace el Sr. Dühring, cual un simple instrumento de prueba, según la idea limitada que podría formarse de la lógica formal o de la matemática elemental. La lógica formal es, ante todo, un método para descubrir nuevos resultados, para progresar de lo conocido a lo desconocido, y esto mismo, sólo que en un sentido más elevado, es la dialéctica que, por lo mismo que sale del estrecho horizonte de la lógica formal, contiene además, el germen de una concepción más comprensiva del mundo.
Igual relación se halla en la matemática. La matemática elemental, la matemática de las magnitudes constantes, se mueve en los cuadros de la lógica formal—al menos en general y en lo principal—; la matemática de las magnitudes variables, cuya parte más importante constituye el cálculo infinitesimal, esencialmente, no es otra cosa, que la aplicación de la dialéctica a las cuestiones matemáticas. La simple preocupación de probar, le cede en este caso a las múltiples aplicaciones del método a nuevos objetos de investigación. Pero casi todas las pruebas de la matemática superior, y esto a partir del cálculo diferencial y de sus primeras pruebas, considerándolas rigurosamente, son falsas desde el punto de vista de la matemática elemental. Y no puede ser de otro modo, desde el momento que se quiere probar por medio de la lógica formal los resultados obtenidos en el campo de la dialéctica. Pretender probar a un metafísico craso como el Sr. Dühring cualquier cosa, mediante la pura dialéctica sería tan perder el tiempo cual si Leibnitz y sus discípulos quisieran probar a los matemáticos de su tiempo los principios del cálculo infinitesimal. La dife-