rencial producía a esos matemáticos las mismas convulsiones que al Sr. Dühring la negación de la negación, en la cual, por otra parte, como veremos, la diferencial juega su papel. Aquellos señores cedieron al fin gruñendo (aquellos que no murieron en el entretanto), no porque estuviesen convencidos, sino porque los resultados eran siempre exactos. El Sr. Dühring, como dice, no tiene cuarenta años, y si alcanza la avanzada edad que le deseamos, podrá todavía ver algo semejante.
¿Pero qué es, pues, esa horrible negación de la negación que tanto amarga la vida al Sr. Dühring, y que representa para él la falta imperdonable, como en el cristianismo el pecado contra el espíritu santo? Un proceso muy sencillo que se cumple en todas partes y todos los días, que un niño puede comprender a poco que se le despoje de los cendales del misterio de que le cubrió la antigua filosofía idealista y que aun es útil encubrir a los metafísicos cojos del calibre del Sr. Dühring. Tomemos un grano de cebada. Millones de granos semejantes son triturados, hervidos, puestos en fermentación y consumidos finalmente en forma de cerveza. Pero si un grano de cebada encuentra las condiciones que le son normales, si cae en terreno favorable, sufre una transformación específica bajo la acción del calor y de la humedad, es decir, germina, y el grano como tal desaparece y es negado. ¿Pero cuál es el curso de la vida normal en esa planta? Crece, florece, es fecundada y al cabo produce de nuevo, granos de cebada; y cuando éstos llegan a madurar, el tallo muere y también, por su parte, es negado. Y como resultado de semejante negación de la negación, tenemos, de nuevo, el grano de cebada primordial, pero multiplicado, diez, veinte, treinta veces. Sin duda, los cereales varían muy lentamente y por eso la cebada de hoy es muy semejante a la de hace cien años. Pero cojamos una planta de adorno, fácil de modificar—por ejemplo,