lación a toda magnitud, por pequeña que sea, por poco que se la suponga como realmente existente, de tal suerte que x e y no subsisten sino en su relación recíproca, por decirlo así sin ningún fundamento material, como una relación cuantitativa sin cantidad. La expresión es decir, la relación de dos diferenciales de x e y, es pues, igual a pero este se pone como lo expresión . No noto, sino de paso, que dicha relación entre dos magnitudes desaparecidas y la fijación del momento de su desaparición implican una contradicción; mas semejante contradicción no puede embarazarnos más de cuanto perturbó a los matemáticos, desde hace doscientos años. ¿Pero qué he hecho sino negar a x e y, negar, no como la metafísica que omite y prescinde de lo que niega, sino negar de modo conforme al caso presente? En lugar y en sustitución de x e y tengo ahora su negación, es decir, dx y dy en sus fórmulas, o mejor en sus ecuaciones. Continúo, pues, mi cálculo con estas fórmulas; considero dx y dy como magnitudes reales sometidas sólo a ciertas reglas excepcionales y, llegado a cierto punto, niego la negación, es decir, integro la fórmula diferencial y, en lugar de x e y, obtengo de nuevo las magnitudes reales x e y; pero yo no estoy en el mismo punto de que partí, pues he resuelto por ese procedimiento un problema en que la geometría y el álgebra comunes se habrían roto las muelas.
No otra cosa acontece en la historia. Todos los pueblos civilizados comenzaron con la propiedad común del suelo mas para todos los pueblos que, en cierta medida, superan esa fase primitiva, dicha propiedad común deviene, en el curso de la evolución de la agricultura, un obstáculo, para la producción; así es abolida, negada, transformada, después de fases de transición más o menos largas, en propiedad privada. Ahora en una fase ulterior del desarrollo de la agricultura, fase que resulta justamente de