no ve sino «un juego de palabra» si se mira de cerca, hay un contenido positivo.
Por último, la misma teoría igualitaria de Rousseau, de que no es sino una pálida adulteración la teoría del Sr. Dühring, no habría podido resultar si la negación de la negación, en el sentido hegeliano—en verdad, esto pasaba veinte años antes del nacimiento de Hegel—no le hubiese ayudado, como hace la partera, para que saliera a luz. Y muy lejos de avergonzarme tal doctrina de su primera exposición lleva con ostentación el sello de su origen dialéctico. En el estado natural, es decir, en el estado salvaje, los hombres eran iguales, y como Rousseau considera ya el lenguaje como una alteración del estado natural, tiene completamente razón al extender la igualdad perfecta de los animales de una especie determinada a esta especie hipotética de animales hombres, que Haëckel coloca en la clasificación con el nombre de alalos (privados de lenguaje). Mas dichos animales-hombres iguales entre sí, tenían sobre los demás animales una superioridad; la perfectibilidad, es decir, la facultad de desarrollarse ulteriormente y esa fue la causa de la desigualdad. Rousseau ve, pues, en el origen de la desigualdad un progreso, mas tal progreso en sí era antagonista, pues al mismo tiempo constituía una regresión. «Todos los progresos ulteriores (habla de los que han superado el estado primitivo) en apariencia han sido otros tantos pasos hacia el perfeccionamiento del individuo y hacia la decrepitud de la especie. La agricultura y la metalurgia fueron las dos artes cuya invención producía esta gran revolución» (la transformación del bosque virgen en suelo cultivado, y al mismo tiempo la introducción de la miseria y de la servidumbre por la propiedad). «Para el poeta es el oro y la plata los que han civilizado a los hombres y perdido al género humano; pero para el filósofo fueron el hierro y el trigo.» Cada nuevo progreso de la civilización