es a la vez un nuevo progreso de la desigualdad. Todas las instituciones que se da la sociedad, nacida de la civilización, se cambian en la inversa de su fin primitivo. «Es, pues, incontestable—y es la máxima fundamental de todo derecho político—, que los pueblos se han dado jefes para defender su libertad y no para someterse a servidumbre y, sin embargo, esos jefes necesariamente devienen los opresores de pueblos y conducen esa opresión hasta el punto en que la desigualdad, llevada al extremo, se cambia de nuevo en su contraria y deviene causa de igualdad; ante el déspota todos son iguales: iguales a nada. Tal es el último término de la desigualdad y el punto extremo que cierra el círculo y toca el punto de donde hemos partido, tal es cuando todos los particulares vuelven a ser iguales, porque no son nada, y los súbditos no tienen más ley que la voluntad del amo. Mas el déspota no es amo, sino en tanto tiempo cuanto tiene la fuerza y, por consiguiente, «al punto que se le puede expulsar, no tiene por qué reclamar contra la violencia... Sólo la fuerza le mantenía; sólo la fuerza le derroca; todo ello se produce como en el orden natural [1]. De este modo, la desigualdad se cambia de nuevo en igualdad, no en la antigua igualdad espontánea de los primeros hombres sin lenguaje, sino en la igualdad superior del contrato social. Los opresores sufren la opresión, es la negación de la negación.
Por tanto, ya en Rousseau encontramos un orden de pensamientos, que hasta en el menor detalle corresponde al que Marx ha tenido en el Capital, y a un gran número de razonamientos dialécticos de que Marx se sirve; he ahí los procesos que, aun cuando antagónicos por su naturaleza, encierran contradicción; he ahí la conversión de un extremo en su contrario; he ahí, por último, como el cen-
- ↑ Cf. Rousseau.—Del contrato social, l. 1, cap. 3, Del derecho del más fuerte, y cap. 4, De la esclavitud.