rácter general y por la naturaleza especial del proceso. Yo debo, no sólo negar, si que también quitar de nuevo la negación. Yo debo constituir la primera negación de tal suerte, que la segunda sea o devenga posible. ¿Y cómo? Según la naturaleza específica de cada caso particular. Si aplasto un grano de cebada, si pisoteo un insecto, efectúo la primera negación, pero hago imposible la segunda. Cada género de cosas implica, por tanto, una forma particular de negación, del cual resulte un desenvolvimiento, y lo mismo en cada género de representaciones y de conceptos. En el cálculo infinitesimal se niega de otro modo, que para constituir potencias positivas por medio de raíces negativas. Es menester saber esto como otra cosa cualquiera. Si sé únicamente que el tallo de cebada y el cálculo infinitesimal están sometidos a la negación de la negación, eso ni me permitirá cultivar la cebada con éxito, ni diferenciar, ni integrar; de igual manera que no sé tocar el violín, cuando se reduce mi conocimiento a las leyes, según las cuales, las dimensiones de las cuerdas determinan la naturaleza del sonido.
Claro es que, el pasatiempo infantil, que consiste en poner y borrar alternativamente a, o en afirmar sucesivamente de una rosa, que es y no es una rosa, no demuestra más que la estupidez de quien se entrega a esos fastidiosos ejercicios. Sin embargo, los metafísicos desearían convencernos de que no podemos hacer más que eso, cuando queremos efectuar la negación de la negación.
Luego, una vez más, el Sr. Dühring es el único que mixtifica cuando afirma que la negación de la negación es una necia analogía inventada por Hegel, a imitación de la religión; una cosa tomada de la historia de la caída original y de la redención. Los hombres han pensado dialécticamente mucho tiempo antes de saber lo que era la dialéctica, de igual manera que hablan en prosa sin