consiste en atribuir, constantemente, a las gentes cosas que jamás han dicho, y que son producto del propio Sr. Dühring. Sus prolijas elucubraciones sobre temas dignos de tenderos, como «el valor de la existencia» y los mejores medios de gozar de la vida, huelen a Filisteo de tal modo que se explica su cólera contra el Fausto de Goethe. Ciertamente Goethe es imperdonable por haber escogido como héroe un ser inmortal como Fausto, y no el grave filósofo de la realidad Wagner.
En una palabra, la filosofía de la realidad, tomada en conjunto, hablando como Hegel, se muestra como «el más pobre empobrecimiento de la pobre filosofía de las luces, tenue y transparente en su vulgaridad, guiso espeso turbado sólo por trozos de estilo de oráculo mojados en el mismo. Cuando se termina el libro, como el Grueso-Juan, se vé uno obligado a confesar que el nuevo pensamiento, «los resultados e ideas originales» y las ideas sistemáticas nos ofrece muchas tonterías nuevas, pero ni palabra de la cual podamos sacar alguna instrucción. Y este hombre, que como el más vulgar chalán, alaba sus talentos y productos, al son de timbales y trompetas y que, tras sus grandes frases oculta su nulidad, este hombre se permite llamar a hombres como Fichte, Schelling y Hegel, charlatanes, cuando el menor de ellos resulta un gigante a su lado. ¡Charlatán, sin duda! ¿pero quién?