telar mecánico, a los caminos de hierro, al Banco de Inglaterra, hay una distancia gigantesca. Los hombres de Tierra de Fuego no conocen ni la producción en masa ni el comercio mundial, ni el uso de los billetes de favor, ni los krachs de Bolsa. Quien quisiera subordinar a las mismas leyes la economía política de la Tierra de Fuego y la de Inglaterra actual, evidentemente no produciría sino lugares comunes de la mayor vulgaridad. La economía política, fundamentalmente, es una ciencia histórica; su materia es histórica, es decir, perpetuamente sometida al mudar y estudia, desde luego, las leyes particulares de cada fase de la evolución de la producción y el cambio, y sólo al término de su indagación podrá formular un reducido número de leyes enteramente generales, verdaderas para la producción y el cambio como tales. Dicho queda, de otra parte, que las leyes válidas para formas de producción y de cambio determinados, valen igualmente para todos los períodos históricos que tienen en común esas formas de producción y cambio. Por ejemplo, la introducción de la moneda metálica, pone en juego una serie de leyes igualmente verdaderas para todos los países y épocas en que la moneda metálica sirve de medio para el cambio.
Simultáneamente con la forma de producción y de cambio de una sociedad dada en la historia, y con las condiciones históricas que han dado origen a esa sociedad, es dada también la forma de repartición de los productos. En la comunidad familiar o de aldea, con su propiedad comunal del suelo—forma con la cual, o con los vestigios muy reconoscibles de la cual todos los pueblos civilizados entran en la historia—, tiene lugar, por completo, una repartición casi uniforme de los productos; la desigualdad creciente de la repartición entre los miembros de la comunidad es, por sí misma, señal de que la comunidad comienza a disolverse. El grande y pequeño cultivo,