ser, de una parte, en el mismo sistema de Hegel, que no atribuye una evolución histórica sino al «Espíritu»; y de otra, el estado general de las ciencias de la naturaleza en esta época. Así, Hegel, en este punto, quedó muy por bajo de Kant, cuya teoría de la nebulosa había proclamado el comienzo del sistema solar y cuyo descubrimiento del obstáculo que oponía a la rotación de la tierra la marea, proclamaba su desaparición. Por último, para mí no se trataba de imponer leyes dialécticas a la naturaleza sino de hallarlas y hacerlas derivar de ella.
Mas cumplir tal tarea de una manera sistemática y en todos los terrenos sería un trabajo gigante. No sólo es inmenso el objeto que precisa dominar, sino que en todo ese campo de la misma ciencia de la naturaleza existe un movimiento tan grande, que sólo puede seguirle quien tiene libre todo el tiempo para esto. Mas después de la muerte de Carlos Marx, estoy tan ocupado por deberes más apremiantes que he tenido que interrumpir mi trabajo. Preciso es, pues, hasta nueva orden, me contente con las ideas contenidas en esta obra, y espere a que llegue más tarde la ocasión de reunir y publicar los resultados obtenidos, quizás al mismo tiempo que los importantísimos manuscritos matemáticos que Marx ha dejado.
Quizás el progreso de la ciencia teórica de la naturaleza haga sea superfluo, en gran parte o en totalidad, mi trabajo; porque tal es la revolución acaecida en la ciencia teórica de la naturaleza, por la simple necesidad de poner en orden los hechos puramente empíricos que se acumulan en masa, que cada vez más debe mostrar el carácter dialéctico de los fenómenos de la naturaleza aun al empirista más recalcitrante. Las viejas rígidas oposiciones, las delimitaciones, imposibles de superar, desaparecen de día en día. Desde la liquefacción de los últimos gases «permanentes», desde que se ha encontra-