había perdido todas sus funciones sociales y se limitaba a guardar la retribución, en forma de renta, de sus desaparecidas funciones.
Más aún; la burguesía, por su producción, había quedado aprisionada por completo en las formas políticas feudales de la Edad Media, que esa producción—no sólo la del taller sino la manufacturera—hacía ya tiempo había superado; estaba contenida por los mil privilegios de las corporaciones y por las barreras de las aduanas locales y provinciales que llegaron a ser otras tantas trabas para la producción y puros tormentos. La revolución burguesa puso término a todo eso, no según el principio del Sr. Dühring, adaptando la situación económica a las condiciones políticas—la realeza y la nobleza lo habían intentado en vano durante años—sino muy por lo contrario, echando por tierra la vieja trama política descompuesta y creando condiciones políticas en las cuales pudo subsistir y desarrollarse la nueva «situación económica». Y en efecto, tan brillantemente se ha desarrollado en esa atmósfera política y jurídica que formó, que su situación no se aparta mucho de la que tenía la nobleza en 1789. La burguesía socialmente, de día en día, no sólo llega a ser superflua, sino que es un obstáculo para la evolución social; cada vez se aleja más de la actividad productora; cada vez, como en otro tiempo la nobleza, es una clase que se limita a percibir sus rentas; y esa revolución de su condición la hizo y creó una nueva clase, el proletariado, sin ningun coqueteo con la fuerza sino por vías puramente económicas. Más aún, ese resultado a que le llevó su propia actividad, no lo quiso en modo alguno, sino que por lo contrario, se ha efectuado, con poder irresistible, contra su intención y contra su voluntad; sus propias fuerzas de producción se sustraen a su dirección e impulsan la sociedad burguesa entera, con la necesidad de una fuerza natural, hacia la ruina o la revolución.