te, a tomar cada vez más en serio el servicio militar obligatorio y general, haciendo familiar al pueblo el manejo de las armas, capacitándole, para que en un momento dado, pueda oponer su voluntad a la soberanía militar del mando. Y ese momento llega cuando la masa del pueblo—trabajadores de las ciudades y del campo, campesinos—tiene una voluntad. En ese momento el ejército de los príncipes se transforma en un ejército del pueblo, la máquina rehusa el servicio, el militarismo se destruye por la dialéctica de su propio desarrollo. Lo que la democracia burguesa de 1848 no ha podido realizar, precisamente porque fue burguesa y no proletaria—la tarea de dar a las masas trabajadoras una voluntad cuyo contenido responda a su situación de clase—, se realizará infaliblemente por el socialismo. Y ello significa la destrucción del militarismo y con él de todos los ejércitos permanentes, por una explosión del interior al exterior.
Tal es la primera moral de nuestra historia de la infantería moderna. La segunda, que nos lleva al Sr. Dühring, es que la organización entera y el modo de combate de los ejércitos y, por tanto, la victoria o la derrota, la vemos depender de condiciones materiales, es decir, económicas, o sea del material hombres y el material armas, de la calidad y de la cantidad de población y de la técnica. Solo un pueblo de cazadores como los americanos, podía encontrar el combate de tiradores; y si eran cazadores, lo eran por razones puramente económicas, como por causas puramente económicas los yanquis de hoy, de los antiguos Estados, se han transformado en labradores, industriales, marinos y comerciantes, que no tirotean en los bosques vírgenes, pero que no dejan de tirotear mejor en el terreno de la especulación, en que tan lejos llevaron la utilización de las masas. Sólo una revolución como la Revolución francesa, que realiza la emancipación económica del burgués y particularmente del campesino podía des-