los acorazados alemanes se construyen en Inglaterra; las placas del blindaje, cualquiera que sea su uso, se fabrican casi exclusivamente en Sheffield: únicamente tres fábricas metalúrgicas de Europa son capaces de proveer las piezas de artillería; las dos más fuertes son inglesas (Woolwich y Elswick), y la tercera, alemana (Krupp).
Ahí se ve con la más evidente claridad, cómo «la fuerza política inmediata», que para el Sr. Dühring es «la causa determinante de la situación económica», por lo contrario, se encuentra enteramente subordinada a la situación económica; como no sólo la fabricación, sino el manejo mismo del «instrumento de la fuerza» en el mar, del barco de guerra, ha llegado a ser una rama de la gran industria moderna. Y si las cosas son así ahora, nada hay más contrario a la fuerza, al Estado, al cual cuesta hoy cada barco tan caro cómo en otro tiempo una flotilla, y tiene que resignarse a ver esos barcos tan caros envejecidos y depreciados antes de darse a la mar. Y el Estado, ciertamente, no experimenta menos despecho que el mismo Sr. Dühring al ver el hombre de la «situación económica», el ingeniero, siendo hoy más importante a bordo que el hombre de la «fuerza inmediata», el capitán. Por lo contrario, nosotros no hallamos razón para molestarnos viendo en ese duelo entre la coraza y el cañón, cual se perfecciona el buque de guerra hasta el extremo límite de lo artificial, en que ha llegado a ser tan colosalmente costoso como militarmente inutilizable[1]; viendo cómo esa lucha revela, en este nuevo orden de la guerra naval, las mismas leyes dialécticas inmanentes del desarrollo, según las cuales el militarismo, como to-
- ↑ El perfeccionamiento del último producto de la gran industria naval de guerra, el torpedo automóvil, parece debe realizar ese efecto: por él el más pequeño torpedero triunfará del acorazado más potente.