vada, «nunca ni en parte alguna se ha realizado de otro modo que por grandes propietarios y siervos», afirmación que, ya lo vimos, «supone» una ignorancia de la historia verdaderamente inaudita. No tenemos, por tanto, para qué cuidarnos de saber en qué medida, en diversas épocas, territorios enteramente o en gran parte cultivables, fueron labrados por esclavos (como en el apogeo de la Grecia), o por siervos (como en tiempos de las prestaciones de la Edad Media), ni saber cuál fue la función social de los grandes propietarios fondiarios en diferentes épocas.
Después que el Sr. Dühring nos ha presentado ese cuadro maestro de fantasía, en que no se sabe qué admirar más, si el escamoteo de la deducción o el falseamiento de la historia, exclama con aire triunfal: «Naturalmente, todas las demás clases de riqueza de repartición deben ser históricamente explicadas de una manera análoga», lo cual le ahorra evidentemente el trabajo de decir una sola palabra, por ejemplo, acerca del origen del capital.
Si el Sr. Dühring, al hacer del dominio del hombre por el hombre la condición previa del dominio de la naturaleza, quiso decir únicamente de un modo general que todo el actual estado económico, el grado alcanzado al presente en la evolución de la agricultura y de la industria, es el resultado de una historia social que se desarrolla a través de los antagonismos de clase, de las relaciones de soberanía y de servidumbre; dijo algo que hace tiempo—desde el Manifiesto comunista—ha llegado a ser un lugar común. Pero si trata de explicar la constitución de las clases y las relaciones de soberanía, y el señor Dühring no tiene nunca otra respuesta a estas cuestiones que la palabra «violencia», no estaremos ahora más adelantados que al principio. El solo hecho de que en todo tiempo los oprimidos y los explotados fueron en mayor número que los opresores y explotadores y, por