su dominio en el Indostán, al menos tan legitimo como el de sus predecesores.
Mas al lado de ese modo de formarse las clases, hay otro. La división natural en el seno de la familia agrícola permitía, cuando se había llegado a cierto grado de bienestar, el introducir una o varias fuerzas de trabajo extrañas. Tal fue, en particular, el caso en aquellos países en que la antigua propiedad comunal del suelo ya no existía, o en que al menos, la antigua labranza colectiva había dado lugar a la explotación de parcelas de tierra por las familias. La producción estaba tan desarrollada, que la fuerza de trabajo del hombre podía entonces producir más de lo necesario para su simple mantenimiento; se disponía de medios para mantener fuerzas de trabajo más numerosas, e igualmente había medios de ocuparlas; la fuerza de trabajo adquiere un valor. Pero la comunidad y el grupo de comunidades de que formaba parte no ofrecía fuerzas disponibles o excedentes; la guerra las ofrecía y la guerra era tan antigua como la existencia simultánea de esos múltiples grupos sociales que vivían vecinos. Hasta entonces no se sabía qué hacer de los prisioneros de guerra, contentábanse con matarlos, o se los comían. Mas en el grado ahora alcanzado por «el estado económico» adquieren valor y se les deja la vida y se explota su trabajo. Así, la fuerza, en lugar de dominar el estado económico, por lo contrario, se puso al servicio de éste.
La esclavitud se había inventado y bien pronto fue la forma dominante de la producción en todos los pueblos que superaron el estado comunal primitivo, mas fue también una de las causas principales de su decadencia. Sólo la esclavitud hizo posible la división del trabajo entre la agricultura y la industria en vasta escala, y de ahí la expansión del mundo antiguo, del helenismo. Sin esclavitud no hay Estado griego; no hay arte ni