fundamental de toda la economía hasta el presente se llama riqueza, y que la riqueza, tal cual se ha comprendido hasta hoy en la realidad de la historia universal, no es más que «el dominio económico sobre los hombres y las cosas», lo cual es doblemente falso. Primero, la riqueza, en las antiguas comunidades de familia y de aldea, no consistía, en manera alguna, en un dominio sobre los hombres. En segundo lugar, aun en las sociedades en que existe lucha de clases, la riqueza, en la medida en que implica un dominio sobre los hombres, es, sobre todo y exclusivamente, un dominio de los hombres por medio y por intermedio del dominio sobre las cosas. A partir de tiempos muy remotos, en que la explotación de los esclavos y su captura llegaron a ser oficios distintos, fué menester, para lo uno y para lo otro, adquirir el dominio sobre los hombres por el dominio previo sobre las cosas, sobre el precio de compra, sobre los medios de entretenimiento y los instrumentos de trabajo de los esclavos. Durante toda la Edad Media, la gran propiedad fondiaria es la condición previa bajo la cual la nobleza feudal llega a tener siervos que pagan pecho y efectúan prestaciones personales. Y hoy ya un niño de seis años ve que la riqueza domina a los hombres únicamente por mediación de las cosas de que dispone la riqueza.
Pero ¿qué obliga al Sr. Dühring a confeccionar esa falsa definición de la riqueza, a destruir la conexión real que ha existido en todas las sociedades divididas en clases? Es que necesita hacer pasar la riqueza del terreno económico al terreno moral. El dominio de las cosas va muy bien, pero el dominio de los hombres es cosa mala; y como el Sr. Dühring se ha prohibido a sí mismo explicar el dominio de los hombres por el de las cosas, puede de nuevo dar un golpe de maestro y explicar todo por su querida violencia. La riqueza, en tanto domina a los hombres, es la «rapiña»; así llegamos de nuevo a una re-