edición defectuosa de la vieja y antigua frase de Proudhon: «La propiedad es el robo.»
Por último, de ese modo, felizmente, hemos referido la riqueza a los dos puntos de vista fundamentales de la producción y de la repartición: riqueza como dominio sobre las cosas, como riqueza de producción, ¡bueno!; riqueza en la repartición, ¡malo! ¡fuera! Lo que, aplicado a la situación actual, quiere decir: La forma capitalista de producción es excelente y puede subsistir; pero la forma capitalista de repartición no vale nada y debe abolirse. A estos absurdos se llega cuando se escribe de economía sin haber comprendido siquiera la relación necesaria existente entre producción y repartición.
Después de la riqueza, define el valor como sigue: «El valor es el curso que las cosas y servicios económicos tienen en el comercio.» Tal curso responde «al precio o a otra palabra equivalente, por ejemplo, al salario». Dicho de otro modo, el valor es el precio. O más bien, para no perjudicar al Sr. Dühring y hacer patente el absurdo de su definición, en tanto es posible, en sus propios términos, el valor son los precios, porque en la página 19 dice: «el valor y los precios que le expresan en dinero», haciendo constar de ese modo que el mismo valor puede tener precios muy diferentes y, por consecuencia, también muchos valores diferentes. Si Hegel no hubiera muerto hace tiempo, se hubiera colgado; pues no llegara, con toda su teología a sostener ese valor que tiene tantos valores diferentes como precios. Es preciso tener toda la audacia del Sr. Dühring para comenzar una «fundación nueva y más profunda» de la economía, declarando que no hay diferencia entre precio y valor, sino que el uno se expresa en dinero y el otro no.
Pero todo ello no dice que sea el valor, y mucho menos de qué modo se determina. El Sr. Dühring se ve obligado a dar nuevas explicaciones: «En general, la ley fun-