en una sociedad compuesta de trabajadores privados, se producen por esos productores privados, por su propia cuenta, y se cambian unos por otros. No se trata, por tanto, en manera alguna, del «valor absoluto», cualquiera que pueda ser, por otra parte, el lugar de este último, sino del valor que existe en una sociedad determinada. Dicho valor, tomado en su sentido histórico preciso, se manifiesta como creado y medido por el trabajo humano incorporado en cada artículo y como gasto de fuerza de trabajo simple. Mas todo trabajo no es únicamente un gasto de fuerza de trabajo simple, sino que un gran número de géneros de trabajo implican la utilización de aptitudes o de conocimientos adquiridos con más o menos esfuerzo, al precio de más o menos tiempo y dinero. Estos géneros de trabajo compuesto, ¿producen en tiempos iguales artículos del mismo valor que el trabajo simple, que el mero gasto de simple fuerza de trabajo? Evidentemente, no. El producto de la hora de trabajo compuesto es un artículo de valor más considerable, doble o triple, comparado con el producto de la hora de trabajo simple. En virtud de esta comparación, el valor de los productos del trabajo compuesto se expresa en cantidades determinadas de trabajo simple; pero esta reducción del trabajo compuesto se cumple mediante un proceso social, a espaldas de los productores, en virtud de un fenómeno que, en el grado actual del desarrollo de la teoría del valor, no puede más que hacerse constar, pero no puede explicarse todavía.
Este simple hecho, que se cumple continuamente a nuestra vista, en la sociedad capitalista actual, es el que Marx hace constar; y el hecho es tan incontestable, que el mismo Sr. Dühring no se atreve a ponerlo en duda, ni en su Curso, ni en su Historia de la Economía. La exposición de Marx es tan clara y transparente, que nadie sin duda, fuera del Sr. Dühring, encuentra en ella «una