dos» los miembros de la sociedad desarrollar, mantener y ejercitar sus facultades en el mayor número posible de direcciones. Sin duda, debe parecer monstruoso al modo de pensar heredado por el Sr. Dühring de la tradición de las clases cultas, un porvenir en que ya no exista ni carretero ni arquitecto de profesión y en que el hombre, que durante media hora haya dado instrucciones como arquitecto, empuje algún tiempo el carrito de mano hasta que de nuevo recurra a su actividad de arquitecto. ¡Hermoso socialismo el que perpetúa los carreteros de profesión!
Si la igualdad del valor del tiempo de trabajo ha de significar que todos los trabajadores produzcan en tiempos iguales valores iguales, sin que sea preciso fijar la media, ello es evidentemente falso. Para dos trabajadores, en el mismo ramo de industria, el valor del producto de la hora de trabajo será siempre diferente, según la intensidad del trabajo y la habilidad del obrero; y a ese inconveniente, que no lo es para gentes como el Sr. Dühring, no hay «concejo económico», al menos en nuestro planeta, que pueda remediarlo. ¿Qué queda, pues, de esa pretendida igualdad del valor de todo y de cada trabajo? Nada más que una frase, y que no hay otra base económica que la impotencia en que encuentra el Sr. Dühring de distinguir entre la determinación del valor por el trabajo y la determinación del valor por el salario del trabajo; no queda más que ese ukase, que será la ley orgánica del nuevo concejo económico: El salario del trabajo debe ser igual para tiempos de trabajo iguales. ¡Los antiguos trabajadores comunistas franceses y Weitling darían muchas mejores razones en favor de la igualdad de salarios que reclamaban!
¿Cómo, pues, se resuelve esta importante cuestión del salario superior del trabajo compuesto? En sociedades de productores privados, los individuos o sus familias son