para permitir al trabajador vivir durante veinticuatro horas, pero eso no quita para que el trabajador trabaje doce horas de las veinticuatro. El valor de la fuerza de trabajo y el precio que recibe, en el proceso del trabajo, son dos cosas distintas. El poseedor del dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo; en consecuencia, tiene derecho a utilizarle durante toda la jornada, y a él pertenece el trabajo de toda la jornada. El valor que crea durante un día la utilización de esta fuerza de trabajo, es dos veces mayor que su propio valor diario: pero eso es una felicidad especial de que se beneficia el comprador; y, según las leyes del cambio de mercancías, no constituye ninguna injusticia para el vendedor. De esta manera, como hemos supuesto, el trabajador cuesta al poseedor del dinero todos los días, el valor del producto de seis horas de trabajo; pero él le da todos los días el valor del producto de doce horas de trabajo. Diferencia en beneficio del poseedor del dinero: seis horas de supertrabajo no pagado, un superproducto no pagado, en el cual se incorporan seis horas de trabajo. La obra maestra se ha realizado. La supervalía se ha producido y el dinero se ha transformado en capital.
Mostrando de este modo cómo se origina la supervalía y cómo la supervalía sólo puede originarse bajo el imperio de las leyes que rigen el cambio, Marx ha descubierto el mecanismo del modo actual de producción capitalista y la forma de apropiación que de ella deriva, poniendo al desnudo el núcleo alrededor del cual ha cristalizado todo el orden social presente.
Por tanto, esa creación del capital tiene una condición fundamental. Para transformar el dinero en capital es menester que el poseedor de dinero encuentre en el mercado de mercancías el libre trabajador; libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como mercancía, y, por otra parte, no