ciones políticas, todas las nociones legadas por la tradición, se echaron por la borda. El mundo, hasta entonces, se había dejado gobernar sólo por los prejuicios y todo cuanto pertenecía al pasado no merecia sino compasión y desprecio. Al fin, vino la aurora y en lo sucesivo todo prejuicio, superstición, arbitrariedad, privilegio y opresión debía ceder su puesto a la verdad eterna, a la justicia, a la igualdad, a los derechos imprescriptibles del hombre.
Al presente, sabemos que ese imperio de la razón no fue otra cosa que el reino idealizado de la burguesía; que la eterna justicia se realiza en la justicia burguesa; que la igualdad se compendia en la igualdad ante la ley; que la propiedad se proclamó como uno de los derechos esenciales del hombre; que el Estado ideal, según el contrato social de Rousseau, no podía realizarse sino bajo la forma de una república democrática burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII no podían casi superar los limites que su tiempo les imponía.
Pero entre la aristocracia feudal y la burguesía existía una oposición bien marcada entre explotadores y explotados, entre ricos ociosos y pobres trabajadores, y precisamente semejante circunstancia permitió a los representantes de la burguesía presentarse como campeones, no sólo de una clase, sino más bien de toda la humanidad doliente. Mas desde su origen, la burguesía llevaba en su seno su contrario.
Los capitalistas no podían existir sin trabajadores asalariados, y así como el burgués de la Edad Media, miembro de una corporación, vino a ser el burgués moderno, así el compañero y el jornalero, ajeno a toda corporación, han llegado a ser el proletario. Y bien que en su conjunto la burguesía tuvo derecho para pretender, en su lucha con la nobleza, que representaba al mismo tiempo los diversos intereses de las clases trabajadoras de la