rededor de la supervalía, una de dos cosas: o bien no sabe nada de esto, y en ese caso se necesita una impudicia sin igual para destruir una obra cuyo contenido fundamental desconoce, o bien lo sabe, y entonces comete una falsedad intencionada.
Más lejos, el Sr. Dühring escribe: «El odio venenoso con que Marx persigue este género de industria explotadora se comprende muy bien. Pero cabe tener una cólera mucho más violenta y reconocer aún más plenamente el carácter explotador, esencial a la forma económica fundada en el trabajo asalariado, y no admitir la concepción teórica expresada en la doctrina marxista de la supervalía.» Así las buenas intenciones; pero los errores teóricos producen a Marx un odio venenoso contra la explotación: su pasión, en sí moral, por consecuencia de sus «errores teóricos» reviste un aspecto inmoral; se traduce en forma de odio innoble y bajamente venenoso, mientras que la ciencia definitiva y rigurosa del señor Dühring se expresa en una pasión altamente moral e igualmente noble, en una cólera moral que, por su misma forma, superior aún cuantitativamente al odio venenoso, a una cólera más violenta»... En tanto el Sr. Dühring se regocija, veamos de dónde proviene esa cólera más violenta.
«Porque una cuestión se plantea—continúa—: ¿cómo los empresarios en concurrencia pueden vender, de un modo permanente, el pleno producto del trabajo, el superproducto, por encima de los gastos naturales de fabricación, y eso en proporción tan elevada del excedente de las horas de trabajo? No puede hallarse respuesta a esta cuestión en la doctrina de Marx, por la sencilla razón de que en tal doctrina la cuestión no puede plantearse. El carácter de lujo que reviste la producción fundada en el trabajo asalariado no es objeto de un serio examen, y el orden social, con sus situaciones expoliado-