ras, no se reconoce, de ninguna manera, por la razón última de la esclavitud blanca. Por lo contrario, se necesita, según Marx, que el orden político y social se explique siempre por razones económicas.»
Marx, ya lo hemos visto por los pasajes citados anteriormente, no pretende, en modo alguno, que en todas circunstancias el producto se venda, término medio, por su pleno y exacto valor por el capitalista industrial que primero se lo apropia, sino que el Sr. Dühring lo supone así. Marx dice, expresamente, que el mismo beneficio comercial, constituye una parte de la supervalía, y en las circunstancias actuales dadas eso no es posible sino en el caso en que el fabricante vende su producto al marchante por bajo de su valor y le cede una parte de lo que él se ha apropiado. Y planteada así la cuestión, sin duda no puede encontrarse en Marx. Planteada en términos racionales, he aquí la cuestión: ¿Cómo la supervalía se transforma en sus manifestaciones secundarias, beneficio, interés, ganancia del comerciante, renta de la tierra, etc.? Marx promete resolver ese problema en el tercer volumen del Capital; mas si el Sr. Dühring no tiene la paciencia de esperar a que se publique el segundo volumen del Capital, estudie de un poco más cerca, para pasar el tiempo, el primer volumen, y allí podrá ver—fuera de los pasajes citados en la página 323, por ejemplo—que, según Marx, las leyes inmanentes de la producción capitalista se manifiestan en el movimiento exterior de los capitales, bajo la forma de leyes coactivas de la concurrencia, y que el capitalista industrial tiene conciencia de ellas en la forma de fuerzas que le impulsan: en consecuencia, el análisis científico de la concurrencia no es posible sino cuando se ha comprendido la naturaleza íntima del capital; así como el movimiento aparente de los cuerpos celestes es inteligible sólo para quien conoce el movimiento real, aunque no perceptible por los sentidos. Y Marx