el artículo 2.° de la constitución social de Dühring. La violencia reparte, es muy bonito de decir; pero entonces «se plantea el problema»: la violencia reparte... ¿pero qué? Precisa haya algo que repartir, pues la violencia, por poderosa que se la suponga, no podrá, con la mejor voluntad del mundo, repartir nada. El beneficio que los empresarios concurrentes meten en su bolsillo es algo sólido y enteramente tangible. La violencia puede apoderarse, pero no producir. Y si el Sr. Dühring rehuye obstinadamente explicarnos cómo la violencia se apodera del beneficio del empresario, no responde sino por el más profundo silencio a la pregunta de saber de dónde lo toma. Donde nada hay, pierde el rey sus derechos y con él toda su fuerza. Nada viene de nada, y, en particular, el beneficio. Y si la propiedad capitalista carece de sentido práctico y no puede venderse—en tanto no es sino indirectamente contenido un poder indirecto sobre la materia humana—, hay que preguntarse de nuevo: primero, ¿cómo la riqueza capitalista llega a ese poder? (cuestión que no se satisface con algunas afirmaciones históricas citadas anteriormente); segundo, ¿cómo ese poder se transforma en renta del capital, en beneficio?; y tercero, ¿dónde se apodera de ese beneficio?
Desde cualquier punto que abordemos la economía dühringniana, no adelantamos un paso. Para todas las instituciones que le desagradan—para el beneficio, la renta de la tierra, los salarios de hambre, la servidumbre de los trabajadores—, no tiene más que una palabra para explicarlas: la violencia y la violencia; y «la cólera furiosa» del Sr. Dühring se resuelve en cólera contra la violencia. En primer lugar, hemos visto que el invocar la violencia es una escapatoria perezosa, que nos hace pasar del terreno económico al terreno político, y que no está en condiciones de explicar un solo hecho económico; y,