no es la del instrumental técnico; el armamento podría decirse que reviste la fuerza económica natural del hombre». Esta «ley fundamental» descubierta por el señor Dühring se formula así:
Primera ley: La productividad de los instrumentos económicos, recursos dados por la naturaleza y por la fuerza del hombre, se acrece por los inventos y descubrimientos[1].
¡Ahí tienen! El Sr. Dühring nos trata como al burgués gentil hombre de Molière le trata el gracioso que le enseña que ha hablado en prosa toda su vida sin saberlo. Sabíamos, desde hace mucho tiempo, que los inventos y descubrimientos acrecían, en muchos casos, la fuerza productiva del trabajo (¡frecuentemente, pero no siempre, como lo prueba el escándalo colosal de las patentes de invención!); he ahí la antigua vulgaridad como ley fundamental de la economía entera; he ahí lo que debemos al Sr. Dühring. Si «el triunfo de la ciencia», en economía política como en filosofía, consiste sólo en dar un nombre pomposo al primer lugar común que se presente, en celebrarla como una ley natural, y aun como ley fundamental, entonces todo el mundo es capaz, en efecto, de «fundar» y revolucionar la ciencia; y digo todo el mundo, incluso la redacción de Volkeszeitung, de Berlín. Entonces nos veremos obligados «con todo rigor» a aplicar al mismo Sr. Dühring el juicio que él profiere contra Platón. «Si eso es ciencia económica, nuestro autor la comparte con cualquiera que tenga que expresar una idea,» o que solamente diga algunas palabras «respecto al primer asunto que salte». Si decimos, por ejemplo, que los animales comen, decimos en nuestra inocencia, muy tranquilamente, una gran frase, pues nos bastará, para revolucionar toda la economía política, decir que es
- ↑ Cursus der Nationalökonomie, pág. 71.