función de medida del valor que cumplen los metales preciosos, y no podía tenerla al no saber nada del valor mismo: pues la palabra valor no se encuentra en sus artículos sino quizás una sola vez, cuando queriendo corregir el error de Locke, según el cual los metales preciosos no pueden tener sino un «valor imaginario», lo agrava diciendo que, sobre todo, tienen «un valor ficticio».
En este punto, Hume es muy inferior, no sólo a Petty, sino también a muchos de sus contemporáneos ingleses. Hume muestra el mismo espíritu atrasado cuando, según la moda antigua, continúa celebrando al «comerciante» como primer motor de la producción; punto de vista que Petty había superado, desde ha tiempo. El señor Dühring asegura que, Hume se ha ocupado en sus Ensayos de los «principales asuntos económicos»; pero basta comparar el escrito de Cantillon—citado por Adam Smith y publicado en 1752, como los Ensayos de Hume, pero mucho después de muerto el autor—para admirarse del círculo estrecho en que se mueven las investigaciones económicas de Hume. Ya lo hemos dicho: Hume, a pesar de la patente de invención que le da el Sr. Dühring, es igualmente respetable en economía política; bien que en este orden no se distinga como un investigador original, y, mucho menos, forme época. La influencia de esos Ensayos económicos, en los círculos cultivados de su tiempo, se explica, no sólo por su gran talento de expositor, sino también, y sobre todo, por la apoteosis progresista y optimista que hace de la industria y el comercio, entonces en auge, o dicho de otro modo, de la sociedad capitalista cuyos rápidos progresos en Inglaterra, debían, por tanto, ser coronados por «el éxito». Baste una indicación con tal motivo. Ya se sabe con qué pasión luchaba el pueblo inglés, en tiempos de Hume, contra el sistema de los impuestos indirectos utilizado sistemáticamente por el muy famoso Roberto Walpole en el intento de