de vista político, Hume era y fue siempre conservador y monárquico. Por eso jamás fue denunciado con tanta violencia como Gibbon por los partidarios de la Iglesia establecida», dice el viejo Schlosser. «Este Hume egoísta, este historiador embustero—dice brutalmente el plebeyo Cobbett—insulta los monjes ingleses grasos, célibes, sin familia, viviendo de la mendicidad; pero él jamás tuvo familia ni mujer: era un mozón gordo y grueso, considerablemente cebado con el dinero del Estado, sin haberlo nunca merecido por ningún verdadero servicio prestado al Estado.» Hume, dice el Sr. Dühring, «es, en muchos respectos, muy superior a Kant por la organización práctica de su vida».
Pero ¿por qué, pues, Hume en la Historia crítica ocupa un lugar tan exagerado? Sencillamente, porque este «pensador profundo y sutil» ha tenido el honor de ser el Dühring del siglo XVIII. El ejemplo de Hume prueba que «la creación de toda una rama nueva de la ciencia, la economía política, se debe a una filosofía ilustrada»: y el precedente de Hume es la mejor garantía de que toda esa rama de la ciencia encontrará, sin duda alguna, su perfección en el hombre fenomenal que ha hecho una filosofía solamente «ilustrada»—la luminosa filosofía de la realidad—y en quien, como Hume, «hecho sin ejemplo en Alemania, el estudio de la Filosofía, en el sentido estricto del término, se auna a las investigaciones científicas en economía política». He aquí por qué Hume, respetable por otra parte como economista, viene a ser una estrella económica de primera magnitud cuya importancia no puede desconocerse sino por los envidiosos que niegan obstinadamente los «méritos decisivos» del Sr. Dühring.
Se sabe que la escuela fisiocrática nos ha dejado en el Cuadro económico de Quesnay un enigma en que críticos e historiadores de la economía política se han roto los