dientes inútilmente: hecho para aclarar las ideas fisiocráticas sobre la producción y la circulación de la riqueza total de un país, quedó bastante obscuro para los sucesores de Quesnay. El Sr. Dühring va a proyectar sobre él una luz brillante. No se puede descubrir la significación en Quesnay mismo de esta imagen económica de las relaciones de la producción y de la repartición, si no se han analizado primero exactamente las nociones directrices que le son propias, tanto más cuanto estas nociones aún no habían sido establecidas con suficiente previsión, y que, en el mismo Adam Smith, es difícil reconocer sus rasgos fundamentales». El Sr. Dühring va a poner término, de una vez para todas, al «estudio superficial» de tradición. Para eso se burla del lector durante cinco largas páginas—cinco páginas en que todo género de expresiones pretenciosas, de repeticiones constantes y de desorden voluntario, deben encubrir algo terrible—y es que el Sr. Dühring no nos podría decir, en punto a las «nociones directrices» de Quesnay, sino cuanto se halla en las «complicaciones vulgares» de que aparta incesantemente a sus lectores. «Una de las cosas más lamentables» en esta introducción es que, después de haber olfateado, por decirlo así, el Cuadro económico cuyo solo nombre había sido pronunciado hasta ahora, el Sr. Dühring da rienda suelta a todo género de reflexiones, como a «la distinción entre los esfuerzos y los resultados». Y «si no se puede hallar, en las ideas de Quesnay, ese resultado perfecto», el Sr. Dühring nos ofrece, al menos, un magnífico ejemplo cuando pasa de esos grandes «esfuerzos preliminares» a su «resultado» extraordinariamente breve, es decir, a sus explicaciones sobre el Cuadro propiamente dicho. Citemos, pues, palabra por palabra, todo cuanto de bueno encuentra que decimes del Cuadro de Quesnay.
Dühring nos dice (esto forma parte de sus «esfuer-