el hábito de considerar aisladamente los objetos y fenómenos naturales, fuera de su conjunto y de su totalidad y, por lo mismo, no en su movimiento sino en el reposo, no como esencialmente cambiantes sino como fijos y permanentes, no como vivos sino como muertos. Esta concepción transportada, por Bacon y Locke, de la Ciencia de la naturaleza a la filosofía, creó el pensamiento estrecho que caracteriza los últimos siglos; el pensamiento metafísico.
Para el metafísico las cosas y sus copias en el pensamiento, los conceptos, son objetos aislados de estudio, que se consideran uno tras otro y sin el otro, fijos, rígidos, dados de una vez para todas. Su pensamiento está formado de antítesis sin término medio; él dice: sí, sí, no, no, y todo cuanto pasa de esto le parece mal. Para él, de dos cosas la una; un objeto existe o no existe; una cosa no puede ser a la vez ella misma y otra; positivo y negativo se excluyen en absoluto; la causa y el efecto se ponen igualmente en una contradicción radical. Tal manera de pensar nos parece a primera vista sumamente plausible porque es la que se llama del sentido común. Pero, el sentido común, respetable compañero si lo hay en tanto se circunscribe a los cuatro muros de su casa, se expone a aventuras muy maravillosas cuando se mete en el vasto mundo de la investigación científica. De otra parte, el pensamiento metafísico, aunque justificado y necesario en terrenos más o menos extensos según la naturaleza del objeto, tropieza no obstante, tarde o temprano, con un limite más allá del cual deviene exclusivo, estrecho, abstracto y se pierde en antinomias insolubles, porque olvida al considerar los objetos particulares sus relaciones, y olvida por su ser, su devenir y su desaparición; por su reposo, su movimiento; y en fuerza de ver los árboles, ya no ve el bosque. En el caso de todos los días, sabemos y podemos decir con certeza si existe o