cosas absolutamente diferentes y contradictorias; de suerte que, poniendo las cosas del mejor modo, no se sabe lo que dice. Las leyes naturales de toda economía, anunciadas con tanta pompa, se han manifestado como tonterías de la peor especie, conocidas de todo el mundo, y, por añadidura, inexactamente formuladas. La única explicación de los hechos económicos de que tal sistema se ha mostrado capaz, es que esos hechos son producto de la «violencia», palabra con la cual se consuela, desde siempre, el filisteo de todo país de todo cuanto le desagrada; palabra de otra parte que nada nos enseña. Y en lugar de analizar el origen y los efectos de esa «violencia», el Sr. Dühring quiere que nos contentemos, llenos de reconocimiento, con la sola palabra de «violencia», como causa última y explicación definitiva de los fenómenos económicos. Obligado a hablar de la explotación capitalista del trabajo, la presenta, desde luego—apropiándose la idea de peaje de Proudhon—, como fundada en una sustracción y en un encarecimiento, para explicarla en seguida en detalle por medio de la teoría marxista del supertrabajo, del superproducto y de la supervalía. De esta suerte llega felizmente a reconciliar, copiándolos a la vez, dos conceptos absolutamente contradictorios. Y lo mismo que en filosofía no encontraba suficientes duras palabras para denostar a Hegel—a quien constantemente explotaba, empobreciéndole—así también en su Historia Crítica estampa los más violentos ataques contra Marx para ocultar que todo cuanto aún puede encontrarse de racional sobre el capital y el trabajo en el Curso, no es sino un plagio empobrecido, cuya víctima es Marx. La ignorancia que en el Curso coloca al principio de la historia de los pueblos «el gran propietario territorial», sin conocer nada de la propiedad territorial común de las comunidades familiares y de aldea, origen de toda historia; esa ignorancia, hoy casi inconcebible,
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