los Cien días—que la alianza de Francia con Inglaterra y, en segundo lugar, la alianza de ambos países con Alemania, es la única garantía de una evolución próspera y de la paz para Europa. Se necesitaba ciertamente más valor para predicar en 1815 a los franceses una alianza con los vencedores de Waterloo, que para declarar a los profesores alemanes una guerra de comadres.
Si encontramos en Saint-Simón la amplia percepción del genio que hace haya en él los gérmenes de todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas que le han sucedido, encontramos en Fourier una crítica del estado social existente, que siendo verdaderamente francesa por su espíritu, no es menos penetrante y profunda.
Fourier acepta desde luego la burguesía y sus entusiastas profetas anteriores a la Revolución y sus apologistas interesados de después. Despiadadamente pone al descubierto las llagas materiales y morales del mundo burgués, y pone de manifiesto, lo mismo las promesas cegadoras de los hombres del siglo XVIII, cuando profetizan una sociedad en que sólo reinará la razón, una civilización que realizará la felicidad universal, la perfectibilidad ilimitada del hombre, que las frases optimistas de los ideólogos burgueses contemporáneos; muestra cómo a las frases más elocuentes, responde por doquier la más despiadada realidad y cubre con sus donaires mordaces el fiasco definitivo de la fraseología. Fourier no es sólo un crítico; su carácter, siempre alegre, le hace satírico; uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos. Describe de un modo tan magistral como regocijante las locas especulaciones que siguieron a la caída de la Revolución y el espíritu tenderil, generalmente difundido entonces entre los comerciantes franceses. Su crítica de las ideas burguesas, tocante a la relación de los sexos y a la situación de la mujer en la sociedad burguesa, es todavía más magistral. Pero donde