su mayor parte, los más desmoralizados, en una colonia modelo que se bastaba a sí misma, en que la embriaguez, la limpieza, la justicia represiva, los procesos, la asistencia a los indigentes y la caridad eran cosas desconocidas, y esto simplemente dando a los obreros un medio más conforme a la dignidad humana y, en particular, dando una cuidadosa educación a la nueva generación en vías de crecimiento. El fue quien inventó las escuelas para los niños muy pequeños y quien primero las introdujo: desde dos años iban los niños a escuela, y allí pasaban el tiempo tan agradablemente, que era preciso hacer todos los esfuerzos del mundo para que se fueran a sus casas. Mientras que los competidores de Owen trabajaban trece y catorce horas, en New-Lanark no se trabajaba sino diez horas y media. Una crisis algodonera obligó a Owen a parar la fábrica durante cuatro meses y continuó pagando a sus obreros sus salarios íntegros, durante dicho tiempo. Y con todo ello el establecimiento aumentó más del doble de su primitivo valor y daba al fin grandes beneficios a los propietarios.
Mas eso no bastaba a Owen. La vida que daba a sus obreros, a sus ojos, no era conforme a la dignidad humana, se necesitaba más. «Estas gentes eran mis esclavos», dice y, por otra parte, el medio relativamente favorable en que los había colocado estaba muy lejos de permitir una evolución racional del carácter y de la inteligencia en todos sentidos y menos aún una vida libre. «Y, sin embargo, la parte activa de estos 2.500 seres humanos creaba para la sociedad tanta riqueza efectiva como hubiera podido producir, hace a penas medio siglo, una población de 600.000 almas. Yo me pregunté: ¿Qué se hace de la diferencia entre la riqueza consumida por esas 2.500 personas y la que habrían debido consumir 600.000 personas? La respuesta era clara: esa diferencia había servido para dar a los poseedores de estableci-