mientos cinco por ciento de interés para el capital de la fundación, y además más de 300.000 libras esterlinas (seis millones de marcos) de beneficio. Lo que era verdad para New-Lanark, lo era en mayor medida todavía para todas las fábricas de Inglaterra. «Sin esa riqueza nueva creada por las máquinas, no se hubieran podido sostener las guerras contra Napoleón para mantener los principios aristocráticos. Y, sin embargo, esta nueva fuerza era la obra de la clase trabajadora», la cual debería, pues, recoger sus frutos. Las nuevas y potentes fuerzas productivas, que hasta entonces no servían sino para enriquecer a los individuos y oprimir las masas, constituían a los ojos de Owen la base de un nuevo orden social y estaban destinadas a trabajar, como propiedad común de todos, en el bienestar común de todos.
Así, de una manera puramente práctica nació, como fruto de la contabilidad comercial, por decirlo así, el comunismo de Owen, y conserva hasta el fin ese carácter práctico. Así, Owen propuso en 1823 aliviar la miseria de Irlanda por medio de colonias comunistas, adjuntando a su proyecto un presupuesto completo de los gastos de implantación, gastos anuales y productos eventuales. Y en su plan definitivo venidero, la elaboración técnica del por menor está acabada con tanta competencia, que una vez aceptado el método de reforma social de Owen, pocas cosas hay que decir, aun desde el punto de vista técnico.
El tránsito al comunismo fue el punto decisivo de la vida de Owen. En tanto había sido simplemente filántropo, no había recogido sino riquezas, aprobaciones, honores y gloria: era el hombre más popular de Europa; no sólo los hombres de su clase, sino los hombres de Estado y los príncipes le aprobaban. Pero todo cambió cuando comenzó a exponer sus teorías comunistas. Tres grandes obstáculos parecían ante todo cerrarle el camino de la re-