y como no puede tener solución, en tanto no hace estallar la forma de producción capitalista, es periódica. La producción capitalista crea un «nuevo circulo vicioso».
En efecto, desde 1825, fecha en que estalló la primera crisis general, el mundo industrial y comercial entero, la producción y el cambio de todos los pueblos civilizados y de sus anejos más o menos bárbaros, se disloca próximamente cada diez años. El comercio languidece, los mercados están abarrotados, los productos están allí en masa y no se les puede dar salida, el dinero contante se hace invisible, el crédito desaparece, la fábrica se para, las masas trabajadoras carecen de medios de vida, porque han producido con exceso; la bancarrota sucede a la bancarrota, las ventas forzosas a las ventas forzosas. El hacinamiento dura años enteros; fuerzas productivas y productos en masa se derrochan y destruyen hasta que los stocks, acumulados de mercancías, circulan al fin con una depreciación mayor o menor, hasta que la producción y el cambio se restablecen poco a poco. Progresivamente la marcha se acelera y deviene trote, después galope y aceleradamente éste se trueca en carrera desenfrenada, en steeple-chase general de la industria, del comercio, del crédito, de la especulación, para al fin caer después de saltos peligrosísimos... en el foso de krach. Y el hecho se renueva sin cesar. Desde 1826 hemos tenido cinco veces esas crisis y en este momento (1877) estamos en vías de volver a caer por sexta vez. El carácter de tales crisis es tan manifiesto, que Fourier definió todas, definiendo la primera crisis pletórica, crisis de lo superfluo.
En dichas crisis se ve estallar la contradicción que existe entre la producción social y la apropiación capitalista. La circulación de mercancías momentáneamente se reduce a la nada; el instrumento de la circulación, la moneda, deviene un obstáculo para la circulación; todas las