los asuntos sociales, deviene superflua en un campo tras otro y después carece de vigilancia. Al gobierno de las personas se sustituye la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción. El Estado no queda «abolido»; muere. Desde este punto de vista hay que apreciar la frase característica de «Estado libre del pueblo», tanto en su interés pasajero por la agitación como en su insuficiencia científica definitiva: igualmente desde este punto de vista, hay que considerar la reivindicación de los llamados anarquistas, que quieren que el Estado sea abolido de hoy a mañana.
La toma de posesión de todos los medios de producción por la sociedad se ha presentado, desde los comienzos de la forma de producción en la historia, como un ideal venidero más o menos claro; a individuos aislados, a sectas enteras; pero no podía ser posible, no podía devenir una necesidad histórica, sino una vez dadas las condiciones materiales de su realización. Esa toma de posesión, como en general todo progreso social, es realizable, no por virtud de la idea de que la existencia de las clases sociales es contraria a la justicia, a la igualdad, etc., no por la sola voluntad de abolir esas clases, sino por virtud de ciertas nuevas condiciones económicas. La división de la sociedad en una clase explotadora y una clase explotada, en una clase dominante y una clase oprimida, ha sido la consecuencia necesaria del escaso desarrollo de la producción en el pasado. En tanto que el trabajo total de la sociedad no da sino un producto que supera muy poco, lo estrictamente necesario para la vida de todos; en tanto que el trabajo requiere todo o casi todo el tiempo de la gran mayoría de los miembros de la sociedad, ésta necesariamente se divide en clases. Al lado de esa gran mayoría exclusivamente sometida al trabajo, se constituye una clase libre de todo trabajo directamente productivo y