Es, por tanto, evidente que para el Sr. Dühring las periódicas crisis industriales no tienen, en modo alguno, la significación histórica que nos hemos visto obligados a atribuirles. Para él, las crisis no son sino desviaciones circunstanciales de la «normalidad», que provocan a lo sumo «el desplegamiento de un orden más regular». La «concepción habitual», que consiste en explicar las crisis por el exceso de producción, no basta, en manera alguna, a su «concepción más exacta». Sin duda esa explicación «es admisible para crisis especiales en cierto orden particular», por ejemplo, en el abarrotamiento del mercado de libros para ediciones de obras que caen rápidamente bajo el dominio público y susceptibles de venderse en junto. El Sr. Dühring puede acostarse en la confianza de que sus obras inmortales nunca producirán tal desgracia. En las grandes crisis no será la superproducción, sino más bien «la inferioridad de consumo... el sub-consumo producido artificialmente... la necesidad popular (!) impedida en su crecimiento natural, que tan peligrosamente grande hace el foso entre el stock existente y el consumo». Y ha tenido la suerte de encontrar un discípulo a esta teoría de las crisis.
Desgraciadamente, el sub-consumo de las masas, la restricción del consumo de las masas a lo que es necesario para el sostenimiento y educación de los hijos, no es un fenómeno nuevo, subsiste desde que hay clases explotadoras y explotadas. Aun en los períodos históricos, en que la situación de las masas fue particularmente favorable, por ejemplo, en Inglaterra en el siglo XV sub-consumían, estaban muy lejos de poder disponer para su consumo de la totalidad de sus productos anuales propios. Si, pues, el sub-consumo es un fenómeno histórico permanente desde hace millares de años y si, de otra parte, el estancamiento general de las salidas señalado violentamente por las crisis y siguiendo el excedente en la producción, se