culares, tienen dimensiones infinitamente más considerables de cuanto se suponía. En uno y otro caso, tal materialismo, esencialmente dialéctico, no implica ninguna filosofía superpuesta a las demás ciencias. Desde el momento que se pide a cada ciencia se dé cuenta de su posición en el conjunto total de las cosas y del conocimiento de las cosas, deviene superflua una ciencia especial del conjunto; lo que subsiste de toda la antigua filosofía y conserva una existencia propia es la teoría del pensamiento y sus leyes—la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás se resuelve en la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.
Por eso, el concepto de la naturaleza no podía adelantar sino en aquella medida en que la investigación positiva le suministrase la materia científica correspondiente: al contrario, mucho antes se habían realizado hechos históricos que debían producir una decisiva revolución en la concepción de la historia. En Lyon, en 1831, tuvo lugar el primer levantamiento obrero; y en los años de 1832 a 1842 fue el apogeo del primer movimiento obrero nacional, el de los cartistas ingleses. La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía pasó a ocupar el primer lugar de la historia en los países más civilizados de Europa, en la medida en que se desarrollaban, de una parte, la gran industria, y de otra, el dominio político nuevamente conquistado por la burguesía. Las teorías de la economía burguesa acerca de la identidad de intereses del capital y del trabajo, respecto a la armonía general y la prosperidad general que debían resultar de la libre concurrencia, eran cada día más brutalmente desmentidas por los hechos. Imposible no tener en cuenta todos estos hechos, así como el socialismo francés e inglés, que eran su expresión teórica, sumamente imperfecta en verdad. Pero la vieja concepción idealista de la historia, aun todavía no abandonada, no conocía la lucha de