troducido en la agricultura y en la explotación rural: en primer lugar la destilería, y en segundo término, la fabricación del azúcar de remolacha... La importancia de la fabricación de los espirituosos es tal, que no puede exagerarse. Y si, a consecuencia de un descubrimiento cualquiera, todo un conjunto de industrias sintiesen la imperiosa necesidad de localizar su explotación en el campo y soldarla, por decirlo así, inmediatamente a la producción de las primeras materias, «la oposición entre la ciudad y el campo se debilitaría» y tendríase la base más amplia posible para el desenvolvimiento de la civilización. Un fenómeno análogo podría también producirse de otro modo. Cada vez más entran en función al lado de las necesidades técnicas las necesidades sociales, y si estas necesidades exigen la agrupación de las actividades humanas, no será posible prescindir de las ventajas que resultarían de la unión íntima y sistemática de las ocupaciones del campo con las operaciones técnicas de transformación de las primeras materias.
¿Mas si se tienen en cuenta por el concejo económico las necesidades sociales, sin duda se esforzará por hacer suyos, en la mayor escala, las ventajas de la colaboración de la agricultura y de la industria? ¿Sin duda el Sr. Dühring no dejará de exponernos con el detalle en que se complace, sus «concepciones exactas» respecto a la aptitud del concejo económico, frente a esta cuestión? El lector que eso esperase, sufriría una decepción. Los lugares comunes citados, pobres, vacilantes y siempre reducidos al dominio del Landrecht prusiano, en que se destila el schnaps y se hace azúcar de remolacha, he ahí todo lo que nos dice el Sr. Dühring tocante a la oposición entre la ciudad y el campo, en el presente como en lo porvenir.
Pasemos a la división del trabajo. En este punto el Sr. Dühring es algo más «exacto», pues nos habla de una