trumento de servidumbre de los productores a los medios de producción. Y esto es tanto más cierto, tratándose de aquella palanca la más poderosa, hasta la introducción de la gran industria, a saber, de la división del trabajo. La primera gran división del trabajo, la separación del campo y de la ciudad, condenó la población rural a millares de años de embrutecimiento y a los ciudadanos a la tiranía de su oficio individual; así destruyó toda posibilidad de desarrollo intelectual en los unos y de desarrollo físico en los otros. Cuando el campesino se apropia la tierra y el ciudadano su oficio, también la tierra se adueña del campesino y el oficio del artesano. Dividido el trabajo, igualmente se divide el hombre. Todas las aptitudes físicas e intelectuales sacrificanse al desarrollo de una sola forma de actividad, y la minoración del hombre es proporcional a la división del trabajo, que alcanza su más alto grado en la manufactura. La manufactura descompone el oficio en operaciones parciales, que distribuye al trabajador aislado como ocupación de toda su vida, y de esta suerte le encadena a perpetuidad a una función parcial y a un útil determinado; «mutila al trabajador, hace de él un monstruo, estimulando, como en caliente estufa, su habilidad de pormenor, suprimiendo todo un mundo de tendencias y disposiciones productivas»...
«Dividido el individuo, deviene el engranaje automático de un trabajo parcial» (Marx), un engranaje cuya perfección se debe, en muchos casos, a una verdadera mutilación física e intelectual del trabajador. El maquinismo de la gran industria degrada al trabajador, le rebaja de la condición de máquina a la de simple accesorio de una máquina. «Estaba especializado para la vida en el sentido de un útil parcial; mas en adelante está especializado de por vida, al servicio de una máquina parcial» (Marx). Y no sólo los trabajadores, si que también las cla-