ses que directa o indirectamente los explotan, quedan dominadas por el instrumento de su actividad, mediante la división del trabajo: el burgués estúpido a su propio capital y sed de beneficio; el jurista petrificado en sus ideas jurídicas que le dominan fuertemente, a pesar suyo; las llamadas clases «cultas», aferradas a la diversidad de prejuicios locales y a sus pequeñeces, a su miopía física e intelectual, a la educación de especialistas que les marchita, a su vida entera ligada a una especialidad, aunque tal especialidad no sea sino la haraganería.
Los Utopistas ya conocían perfectamente los efectos de la división del trabajo, la deformación, por una parte, del trabajador, y por otra, de la misma actividad laboriosa reducida de por vida a la repetición uniforme, y mecánica de un solo acto. La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, se reclama por Fourier y por Owen, como la condición primera y fundamental de la abolición de la antigua forma de división del trabajo, en general. Para uno y para otro, la población debe distribuirse, en el país, por grupos de mil seiscientas a tres mil almas, habitando cada grupo un palacio gigante en el centro del distrito, con una administración común. Sin duda Fourier, habla aquí y allá de las ciudades, mas las mismas ciudades, a su vez, están constituídas por cuatro o cinco de esos palacios cercanos. Para uno como para otro, cada miembro de la sociedad debe participar en la agricultura y en la industria. Para Fourier, en la industria juegan el gran papel el taller y la manufactura mientras que para Owen, la gran industria es la que ocupa tal lugar; y Owen ya reclama la introducción del vapor y de las máquinas en el trabajo casero. Más aún, en el seno de la agricultura y de la industria, uno y otro piden la mayor variedad posible en las ocupaciones para cada individuo y, por consecuencia, la educación de la juventud en vista de una actividad técnica tan multiforme como sea posi-