zos: cualquiera que sean los destinos que le estén reservados al Imperio prusiano-germánico, Bismarck podrá orgullosamente bajar al sepulcro seguro de ver realizarse su deseo favorito: la muerte de las grandes ciudades.
Y ahora examinad la pueril idea del Sr. Dühring, según la cual, la sociedad puede tomar posesión de la totalidad de los medios de producción sin revolucionar de arriba a abajo la vieja forma de producción y sin abolir, ante todo, la antigua división del trabajo; como si todo estuviera dicho desde que se «ha tenido en cuenta las situaciones naturales y las aptitudes personales», siguiendo todo igual, masas enteras de vidas siervas como antes a la producción de un sólo articulo, «poblaciones enteras reivindicadas por una sola rama de producción» y continuando dividida la humanidad en numerosas «especies económicas», diversas y marchitas como «carretilleros» y «arquitectos». Así se hará dueña la sociedad de los medios de producción, en su conjunto, para que cada cual permanezca en la particular esclavitud de su instrumento de producción y sólo tenga la elección del medio de producción. Y ved también cómo, el Sr. Dühring, considera la separación del campo y de la ciudad como «inevitablemente fundada en la naturaleza de las cosas» y no llega a descubrir sino un pequeñísimo paliativo en las dos industrias, la destilería y la fabricación del azúcar de remolacha, cuya reunión es muy prusiana; ved cómo hace depender la distribución de las industrias en el país de yo no sé qué descubrimientos futuros y de la necesidad de juntar inmediatamente la explotación a la extracción de las primeras materias (primeras materias que hoy mismo se utilizan cada vez más lejos de su origen); ved cómo, por último, procura cubrirse, asegurando que las necesidades sociales acabarán por hacer prevalecer la unión de la agricultura y de la industria contra las razo-