perior. Y el Sr. Dühring se honra igualmente a sí mismo cuando, uniendo en su persona el candor de la paloma y la astucia de la serpiente, se ocupa de esos cuidados conmovedores, respecto al consumo de los Dühring del porvenir.
De esta suerte, pone término definitivamente a la forma de repartición capitalista, «pues admitiendo que en el estado social, que suponemos, todos disponen realmente de un excedente de recursos privados, sin embargo, no podrá utilizar sus recursos como capital. Ningún individuo, ningún grupo los adquirirá de él para la producción de otra manera que por vía de cambio o venta, y jamas se le pagará interés o beneficio. De consiguiente, puede admitirse «una cierta herencia compatible con el principio de igualdad», porque es inevitable, pues «una cierta herencia siempre será el corolario necesario del principio familiar», y el mismo derecho sucesorio «no conduciría a la acumulación de considerables fortunas si la propiedad no pudiera nunca en tal régimen, tener por fin la creación de capital y de rentas».
De este modo, queda acabado el concejo económico. Veamos cómo administrará.
Admitamos que todas las hipótesis del Sr. Dühring se realicen por completo; supongamos, pues, que el concejo económico paga a cada uno de sus miembros por seis horas de trabajo diario una suma de dinero en que se incorporan igualmente seis horas de trabajo, por ejemplo doce marcos. Admitamos igualmente que los precios corresponden exactamente a los valores, es decir, no impliquen sino el costo de primeras materias, el desgaste de las máquinas y de los instrumentos y el salario pagado a los trabajadores... Un concejo económico de cien trabajadores produce diariamente mercancías por valor de 1.200 marcos y, en un año de trescientos días, por valor de 360.000 marcos; paga igual suma a sus miembros